La muerte del Estratega de Mutis
Alar, cuenta Mutis que dijo en su tienda en Bulgaria:
“Ellos
[los helenos] hallaron el camino. Al crear los dioses a su imagen y semejanza
dieron trascendencia a esa armonía interior, imperecedera y siempre presente,
de la cual manan la verdad y la belleza. En ella creían ante todo y por ella y
a ella sacrificaban y adoraban. Eso los ha hecho inmortales. Los helenos
sobrevivirán a todas las razas, a todos los pueblos, porque del hombre mismo
rescataron las fuerzas que vencen a la nada. Es todo lo que podemos hacer. No
es poco, pero es casi imposible lograrlo ya, cuando oscuras levaduras de
destrucción han penetrado muy hondo en nosotros. El Cristo nos ha sacrificado
en su cruz, Buda nos ha sacrificado en su renunciación, Mahoma nos ha
sacrificado en su furia. Hemos comenzado a morir. No creo que me explique
claramente. Pero siento que estamos perdidos, que nos hemos hecho a nosotros
mismos el daño irreparable de caer en la nada. Ya nada somos, nada podemos.
Nadie puede poder”.
“El
hombre, en su miserable confusión, levanta con la mente complicadas
arquitecturas y cree que aplicándolas con rigor conseguirá poner orden al
tumultuoso y caótico latido de su sangre. Nos hemos agarrado las manos en
nuestra misma trampa y nada podemos hacer, ni nadie nos pide que hagamos nada.
Cualquier resolución que tomemos, irá siempre a perderse en el torrente de las
aguas que vienen de sitios muy distantes y se reúnen en el gran desagüe de las
alcantarillas para confundirse en la vasta extensión del océano. Podrás pensar
que un amargo escepticismo me impide gozar del mundo que gratuitamente nos ha
sido dado. No es así, hermano queridísimo. Una gran tranquilidad me visita y
cada episodio de mi rutina de gobernante y soldado se me ofrece con una luz
nueva y reveladora de insospechadas fuentes de vida. No busco detrás de cada
cosa significados remotos o improbables. Trato más bien de rescatar de ella esa
presencia que me da la razón de cada día. Como ya sé con certeza total que
cualquier comunicación que intentes con el hombre es vana y por completo
inútil, que sólo a través de los oscuros caminos de la sangre y de cierta
armonía que pervive a todas las formas y dura sobre civilizaciones e imperios
podemos salvarnos de la nada, vivo entonces sin engañarme y sin pretender que
otros lo hagan por mí ni para mí. Mis soldados me obedecen, porque saben que
tengo más experiencia que ellos en ese trato diario con la muerte que es la
guerra; mis súbditos aceptan mis fallos, porque saben que no los inspira una ley
escrita, sino lo que mi natural amor por ellos trata de entender. No tengo
ambición alguna, y unos pocos libros, la compañía de los macedónicos, las
sutilezas del Dorio, los cantos de Alcen el Provenzal y el tibio lecho de una
hetaira del Líbano colman todas mis esperanzas y propósitos. No estoy en el
camino de nadie ni nadie se atraviesa en el mío. Mato en la batalla sin piedad,
pero sin furia. Mato porque quiero que dure lo más posible nuestro Imperio,
antes de que los bárbaros lo inunden con su jerga destemplada y su rabioso
profeta. Soy un griego, o un romano de oriente, como quieras, y sé que los
bárbaros, así sean latinos, germanos o árabes, vengan de Kiev, de Lutecia, de
Bagdad o de Roma, terminarán por borrar nuestro nombre y nuestra raza. Somos
los últimos herederos de la Hellas inmortal, única que diera al hombre
respuesta valedera a sus preguntas de bastardo. Creo en mi función de Estratega
y la cumplo cabalmente, conociendo de antemano que no es mucho lo que se puede
hacer, pero que el no hacerlo sería peor que morir. Hemos perdido el camino
hace muchos siglos y nos hemos entregado al Cristo sediento de sangre, cuyo
sacrificio pesa con injusticia sobre el corazón del hombre y lo hace suspicaz,
infeliz y mentiroso. Hemos tapiado todas las salidas y nos engañamos como las
fieras se engañan en la oscuridad de las jaulas del circo, creyendo que afuera
les espera la selva que añoran dolorosamente. Lo que me cuentas del Embajador
del Sacro Imperio Romano me parece ejemplo que ajusta a mis razones y debieras,
como Logoteta que eres del Imperio, hacerle ver lo oscuro de sus propósitos y
el error de sus ideas, pero esto sería tanto como…».
Una
gozosa confirmación de sus razones le vino de repente. En verdad, con el
nacimiento caemos en una trampa sin salida. Todo esfuerzo de la razón, la
especiosa red de las religiones, la débil y perecedera fe del hombre en
potencias que le son ajenas o que él inventa al torpe avance de la historia,
las convicciones políticas, los sistemas de griegos y romanos para conducir el
Estado, todo le pareció un necio juego de niños. Y ante el vacío que avanzaba
hacia él a medida que su sangre se escapaba, buscó una razón para haber vivido,
algo que le hiciera valedera la serena aceptación de su nada, y de pronto, como
un golpe de sangre más que le subiera, el recuerdo de Ana la Cretense le fue
llenando de sentido toda la historia de su vida sobre la tierra. El
delicado tejido azul de las venas en sus blancos pechos, un abrirse de las
pupilas con asombro y ternura, un suave ceñirse a su piel para velar su sueño,
las dos respiraciones jadeando entre tantas noches, como un mar palpitando
eternamente; sus manos seguras, blancas, sus dedos firmes y sus uñas en forma
de almendra, su manera de escucharle, su andar, el recuerdo de cada palabra
suya, se alzaron para decirle al Estratega que su vida no había sido en vano y
que nada podemos pedir, a no ser la secreta armonía que nos une pasajeramente
con ese gran misterio de los otros seres y nos permite andar acompañados una
parte del camino. La armonía perdurable de un cuerpo y, a través de ella, el
solitario grito de otro ser que ha buscado comunicarse con quien ama y lo ha
logrado, así sea imperfecta y vagamente, le bastaron para entrar en la muerte
con una gran dicha que se confundía con la sangre manando a borbotones. Un
último flechazo lo clavó en la tierra atravesándole el corazón. Para entonces,
ya era presa de esa desordenada alegría, tan esquiva, de quien se sabe dueño
del ilusorio vacío de la muerte.”
Comentarios
Publicar un comentario